‘Five (dedicated to Ozu)’, de Kiarostami (2003)

Seguro que habéis hecho alguna vez el ejercicio de mirar como si vuestros ojos fueran una cámara cinematográfica y el campo de visión, el encuadre. Es uno de mis pasatiempos preferidos cuando voy en tren o en autobús o en bici. En el cine, eso se llama plano subjetivo, y sirve para hacer accesible una experiencia muy subjetiva a los ojos de todos, por ejemplo para representar las clásicas sensaciones de mareo, vértigo, intoxicación o caída de un personaje, o la sensación de que alguien está corriendo o huyendo de un enemigo. Curiosamente, la finalidad del plano subjetivo suele ser la de aportar objetividad y autenticidad a la narración (igual que la cámara en mano, el plano secuencia, el fuera de campo y los demás recursos típicamente hiperrealistas).

Cuando voy en tren o en otro medio de transporte que me permita pasar el rato observando, termino admitiendo que los cuadros que se suceden a través del cristal componen una narración bastante convincente de la existencia, por lo menos bastante verosímil. Solo son un montón de cosas dispersas, ni delicadas ni extraordinarias por sí mismas, y pequeños acontecimientos sin importancia. Un trozo de valla oxidada movida por el viento, carteles a lo lejos, varios pasajeros en un andén, árboles, un edificio de viviendas, un caño del que mana un chorro de agua sucia (y también los ruidos simultáneos del fueracampo: conversaciones, pasos, toses). Entregarse a ese espectáculo cualquiera, solo dirigido por los impulsos aleatorios de la vista y el oído, con el detenimiento que da ir sentado en un tren, sin otra finalidad que la de mirar, es una forma de integrarse en el discurrir del mundo. Y también de reproducir mentalmente su poética.

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