Cómo ser profesor de Español en la universidad en Estados Unidos (2 de 3)

Cómo ser profesor de Español en la universidad en Estados Unidos (2 de 3)

Continúo con el balance de mi experiencia personal como profesor de Español en la universidad en Estados Unidos, esta vez parándome a recordar las cosas que más me sorprendieron y las que aprendí al desembarcar en los campus norteamericanos.

Creo que es interesante empezar hablando de uno de los requisitos obligatorios para todo el personal docente que se incorpora a cualquier centro educativo de Estados Unidos: la asistencia a unas distendidas -pero intensivas- jornadas de bienvenida. En el caso de las universidades -me refiero todo el tiempo a las privadas, que son las que yo he conocido-, en esas jornadas se aprovecha para hacer patentes los principios y la filosofía de cada centro a través de diferentes talleres y mesas de trabajo con otros profesores nuevos de todos los departamentos. Allí se explican las políticas vigentes sobre el derecho a la privacidad y la no discriminación; se exponen y se debaten los problemas más frecuentes con los que se encuentran los profesores, la forma de resolverlos y sus cauces; se informa de las posibilidades de formación y progreso como docente dentro de la universidad; se exponen las claves de las metodologías de enseñanza más modernas, se enseña a manejar el LMS (Learning Management System) de turno; y se explican los -a veces farragosos- procedimientos de evaluación a los que se someten todos los profesores. Reconozco que esta bienvenida supuso uno de los primeros choques culturales que experimenté en mi etapa como profesor en Estados Unidos. Cuesta imaginar que en alguna universidad española se produzca un despliegue de semejantes características al comenzar el curso.

Foco en las necesidades individuales

En esas jornadas de bienvenida, en las que también se invita a algunos profesores de la casa y a varios alumnos, cada vez se dedica un esfuerzo mayor a clarificar las políticas referentes a la diversidad de los estudiantes y los protocolos frente a posibles situaciones de acoso, basadas a su vez en la legislación del estado de turno. Para que no quepa duda de la dimensión de estos problemas, las charlas se ilustran a veces con gráficos sobre la progresión anual de denuncias por acoso y discriminación por razones de sexo, raza, religión o ideología dentro de la universidad. También se habla y mucho sobre el perfil académico y las expectativas de los alumnos respecto a los profesores (y viceversa) y de la responsabilidad de responder a sus necesidades individuales de aprendizaje.

Todas estas actividades orientativas, que dejan tiempo para terminar con todo el papeleo, resolver cualquier duda burocrática y hacer visitas guiadas por el campus y sus principales espacios comunes, sirven para entrar en contacto no solo con otros miembros de la universidad sino también con los nuevos enfoques y modelos educativos que las universidades han hecho suyos en los últimos tiempos, gracias a los cuales el profesor ha adquirido el papel de mediadorfacilitador de información, siguiendo la teoría del aula invertida (flipped classroom), teoría que prácticamente nadie se atrave a discutir allí, al menos en público. Esa cierta falta de debate real sobre los paradigmas pedagógicos -pero también la aparente incuestionabilidad de las políticas internas que rigen la vida de la comunidad universitaria- fue otra de las cosas que me sorprendieron al aterrizar en los campus estadounidenses, quizá por provenir de un país en el que no solemos -pienso yo- esconder nuestro escepticismo ante cualquier conjunto de normas que nos afecte.

Aulas con la puerta abierta

Otra de las cosas que fueron un tanto chocantes para mí es la costumbre que se tiene allí de dar clase con la puerta del aula abierta. A diferencia de lo que es habitual en España, donde el profesor suele cerrar la puerta y convertirse en dueño y señor del aula hasta que termina la clase, en Estados Unidos se da por hecho que la clase es un espacio relativamente abierto, un lugar en el que no hay por qué esconder lo que ocurre dentro. No es que cualquiera pueda entrar en tu clase, o que no sea necesario pedir permiso a otro profesor para asistir de oyente a alguna de sus clases: se trata más bien de un gesto de cortesía comunitaria. Lo que no es tanto una formalidad protocolaria, sino una recomendación expresa por parte de cualquier jefe de departamento desde el primer día, es que durante las tutorías se mantenga abierta la puerta del despacho con la finalidad de evitar posibles problemas o malentendidos que pudieran surgir al quedarse a solas con un alumno. Y lo aconsejable es que, además, haya una tercera persona dentro del despacho.

En las universidades de Estados Unidos, una de las obligaciones que tienen los jefes de departamento y los coordinadores de sección, y que se toma bastante en serio, es observar algunas clases de los profesores a lo largo del semester y elaborar informes que luego se comentan amablemente con ellos. Estas conversaciones resultan muy útiles y estimulantes, siempre que la clase haya ido más o menos bien. No solo sirven para felicitar al profesor y remarcar aquello que haya hecho mejor, sino también para ayudarle a detectar posibles puntos débiles o para orientarle en el desarrollo o perfeccionamiento de algunas prácticas metodológicas.

Compañerismo e inquietudes de los profesores

Con mis colegas de Carleton College.

Por otra parte, es cierto que los profesores universitarios tienen en Estados Unidos una mayor libertad para crear sus propios sílabos y programar sus clases. No obstante, en el caso de los cursos impartidos por profesores adjuntos o visitantes de los departamentos de Español (que, como ya dijimos, suelen ser preferentemente cursos de nivel básico e intermedio), la programación suele estar descrita de antemano y admite escasas variaciones. Los modelos tanto de sílabo como de examen que deben utilizarse han sido previamente testados en el departamento y están elaborados en función de cada nivel teniendo en cuenta unos objetivos concretos de aprendizaje y la distribución de los temas en los libros de texto, para igualar así las competencias finales de los alumnos de un mismo nivel con independencia del grupo (y del profesor) que estos elijan. Personalmente siempre me encontré con jefes de departamento y de sección abiertos a propuestas e ideas para mejorar los sílabos, para corregir errores en los exámenes o para introducir nuevas perspectivas en la descripción de los temas. También tuve la suerte de trabajar con compañeros con los que compartir experiencias, materiales o ideas para diseñar actividades. Pero a veces me pregunté si las dos o tres reuniones de sección y los eventos de inauguración y cierre del curso organizados por los departamentos de lenguas extranjeras eran suficientes para promover la interacción y cooperación entre los profesores de español y superar las dinámicas tradicionalmente individualistas que imperan en los centros de trabajo -también en los centros de enseñanza- estadounidenses.

Este balance sobre las cosas que me chocaron en los inicios de mi experiencia docente en Estados Unidos estaría incompleto sin referirme a la idea que muchas veces se tiene de que allí los profesores son “más profesionales” que en España. Es evidente que estas comparaciones son odiosas e injustas, pero yo vi que todos los profesores se tomaban muy en serio sus responsabilidades, sus clases, sus horarios y su formación. También observé de forma generalizada entre mis compañeros una preocupación especial por la evaluación que ejercen los alumnos sobre su trabajo, por la búsqueda de un equilibrio entre autoridad, profesionalidad y corrección política en clase, por atender las necesidades especiales de los alumnos y, en general, por evitar toda clase de conflictos con ellos. Algunos de estos dilemas resultaban bastante nuevos para mí. No me costó entender que en gran parte eran consecuencia de la dimensión clientelar típicamente estadounidense de la enseñanza -que, por otra parte, todo el mundo da por descontada-, pero no era menos cierto que estas preocupaciones podían aprovecharse como una oportunidad para entender mejor a los alumnos, para dar respuestas más adecuadas a sus inquietudes y para crear un clima de más confianza y respeto mútuos, y eso sin necesidad de renunciar a otras exigencias profesionales. Esto es al menos lo que yo aprendí.

Cómo plasmé estas enseñanzas en clase y en qué medida puedo decir que progresé como profesor de español es lo que trataré de analizar en la tercera y última parte de este artículo.

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