“We are dating”

Hace unos días me presentaron a una chica española en una fiesta, aquí en Minneapolis. Entre otras cosas, me contó que vivía con un compañero de piso muy majo en no sé qué parte de la ciudad. Apareció un chico con el que se puso a hablar en inglés y le pregunté si era su compañero de piso. Condescendiente, me contestó:

-We are dating.

La respuesta me sorprendió por la naturalidad con la que la dijo alguien que es de España, donde no tenemos una expresión equivalente en nuestra lengua. Traducido literalmente, lo que dijo la chica sería algo como:

-Estamos saliendo.
-Estamos quedando.
-Nos estamos viendo.
-Estamos teniendo unas citas.
-(Etc.)

Pero, si todos fuéramos españoles, cabe imaginar que la chica habría dicho simplemente esto:

-Es un amigo.

Y nada más. O, en todo caso:

-Es mi novio.
-Es mi chico.

Como mucho, y si el chico no estuviera ya presente en la conversación:

-Es un noviete.
-Es un medio novio.

Pero dijo “we are dating” porque en inglés la palabra “date” (como todas sus derivadas) sigue teniendo un significado muy preciso, muy útil, en la cultura anglosajona. En cambio en español, o al menos en España, la idea misma de “citarse” o “tener una(s) cita(s)” es una cosa un poco antigua. Quizá con 16 años dices que “sales con” alguien, pero no a los 30 ni a los 40. ¿Qué dices normalmente?:

-Me estoy viendo con…

No, también rematadamente cursi. Más bien algo así:

-Hemos quedado algunas veces.

Eso nos acerca más al mundo real. Aunque ¿no impide esa expresión saber qué hay realmente? Sí. Y para aclararlo basta con hacer otra pregunta:

-¿Pero te has enamorado?
-¿Pero ya ha habido sexo?

Claro que aquí estamos hablando ya de conversaciones donde existe suficiente confianza como para hablar de ello, no de la chica del principio. Estoy convencido de que la chica del principio, en una hipotética fiesta con solo españoles, se habría ahorrado los detalles. ¿Por una simple cuestión de pudor o prudencia? No solamente. Es que el concepto de “dating” no sirve, o no servía hasta ahora (en ninguna de sus variantes en español), para describir lo que la mayoría de nosotros hacemos cuando “salimos con alguien” (?). Es decir, estas expresiones no han tenido, hasta ahora, una utilidad clara en nuestra lengua, no han gozado de la necesaria unanimidad de significado que nos permitiría emplearlas en cualquier situación como sí lo hacen los anglosajones (que lo mismo dicen “we are dating” hablando con un buen amigo que con un completo desconocido). Allí, el término “dating” simplifica el dilema porque, en la cultura anglosajona, expresa perfectamente lo que se quiere decir. En español, en cambio, es un poco más complejo: además de discriminar en función del contexto de la conversación, nos resistimos a reducir a una simple expresión la idea “salir con alguien” (?) seguramente porque nuestras relaciones sentimentales-sexuales  (o al menos la consideración que tenemos de ellas) no se ajustan a un patrón tan simple. O quisiéramos –románticos como somos- que no se ajustaran.

Dicho de otra forma: para este caso del español, la ambigüedad es clave. Por una parte está la cuestión del pudor y la intimidad en según qué situaciones (que nos lleva a no ser demasiado claros en una conversación con un desconocido, por ejemplo), y por otra el fastidio de reducir el tema a una simple nominalización (el “salimiento” con alguien) que, por otro lado, y con las palabras que tenemos a nuestro alcance, tiende casi siempre a revelar una consideración arcaica de las “relaciones” (a mí eso de salir con alguien me recuerda a ir a pasear los domingos por la calle Mayor). Cuánto romanticismo, orgullo, etc. hay en esa elusión no lo sé, pero supongo que juegan un papel importante en la manifestación de esa ambigüedad.

Ahora bien, la palabra “dating” se ha instalado poco a poco en nuestro lenguaje. Hoy he leído un extenso reportaje en El País sobre plataformas de dating, servicios de dating, usuarios de dating, y es habitual escuchar expresiones como “speed dating”, “sexting”, etc. Yo creo que nos servimos de estas palabras que no eran nuestras no porque no existieran sus correspondientes equivalentes –que exactamente tampoco- sino porque los conceptos son los que hasta ahora no existían, o bien no nos servían para describir nuestras relaciones. Que sí nos sirvan ahora esas palabras significa que asumimos también los conceptos, el alcance y la dimensión de los términos. Y yo no digo que esté mal, que conste. Lo que pasa es que se le va toda la gracia al asunto, ¿ no?

Por algo tenemos la palabra “ligar”, imposible de traducir al inglés: la cantidad de cosas que se pueden hacer y la de factores implicados en el juego de “ligar” son incomparables con lo que dan de sí sus equivalentes más cercanos (“to flirt”, “to date”). Pero claro, nunca le dirías a un desconocido: “Es mi ligue”, o “estamos ligando”. Simplemente:

-Es un amigo.

Entendedme: no pretendo reivindicar el uso de “ligar” frente al “dating”, solo sugiero que la tendencia a la verbalización propia del español, la ambigüedad y nuestros recurrentes cerros de Úbeda resultan a menudo más divertidas que la nominalización propia del inglés,  la previsibilidad y esa obsesión por etiquetarlo absolutamente todo.

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