Enseñar o divertir

Enseñar o divertir

Se dice que el español es una lengua simple y fácil: se lee como se escribe, no tiene grandes complicaciones gramaticales (exceptuando el subjuntivo y el abanico de tiempos verbales en general), cualquiera puede aprenderla, etc. Esa impresión generalizada conduce a muchos a afirmar que, por la misma razón, cualquiera puede enseñarla. Hay parte de verdad en ese argumento, pero la enseñanza del español es una cosa un poco más compleja. Además del requisito obvio del buen uso de la lengua, parece fundamental la existencia, al menos, de capacidades didácticas y también el dominio de una serie de mecanismos y técnicas asociadas al aprendizaje de idiomas, que han evolucionado desde el rancio sistema memorístico del papagayo hasta el enfoque lúdico-comunicativo, pasando por un farragoso montón de modelos experimentales de más éxito o menos.

Por suerte, la enseñanza de lenguas tiende hoy a concebirse desde el objetivo de la utilidad para comunicarse. Además, ha cundido la idea de que estudiar una lengua (estudiar, en general) debe entenderse como algo divertido y placentero, y no como un trabajo pesado y complicado. Estoy totalmente de acuerdo. Sin embargo, desde esta perspectiva existe el riesgo de perder de vista los fundamentos, no siempre sencillos ni bonitos, que permiten entender la lógica interna de una lengua y que, en consecuencia, facilitan y consolidan su aprendizaje.

Personalmente, no me cabe duda de que un alumno aprenderá mejor y más rápido, pongamos por caso, los pronombres átonos en español si sabe qué es un complemento directo o indirecto, o los verbos del tipo gustar si sabe diferenciar entre sujeto y predicado. Por otra parte, el profesor no tiene una varita mágica. No existen los milagros, por mucha “facilidad” que tenga un alumno para las lenguas, ni por mucha “sabiduría” que sea capaz el profesor de transmitir.

Mis clases tienen un enfoque comunicativo, pero siempre desde el refuerzo de la gramática como punto de partida. Intento hacerlas amenas, divertidas también, pero no improvisadas ni basadas en cuestiones “inexplicables” del uso de la lengua. Casi todo tiene una explicación gramatical, casi nada se dice “porque sí” o “porque se usa así”. Mi intención es que en todo momento el alumno sepa por qué y para qué tiene que elegir una forma verbal u otra, una preposición u otra, un pronombre u otro. Prescindir de esto puede conducirnos a la misma miopía que se derivaba del ya inconcebible sistema memorístico de una sola dirección. Soy contrario a manuales sesudos y a teorías alambicadas, pero eso no quiere decir que crea que la gramática no debe ni puede ser bien explicada. Y es que, como en todo, en el equilibrio está la virtud.

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Clases de Español
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