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¿Triunfarían las co-ops en España?

No seré yo quien se oponga a la existencia de hipermercados de precios asequibles, pero ya que parece causar cierto furor la irrupción en España de la cadena estadounidense Costco, me pregunto por qué no importar también otro modelo de supermercado, igualmente propio de estas latitudes y que en los últimos tiempos se ha extendido en las metrópolis de Estados Unidos: las famosas co-op grocery stores, supermercados gestionados por cooperativas y que se basan en el comercio “justo” y “sostenible” de productos “locales” y “orgánicos”.

Vale, de acuerdo, lo de “organic” no es mucho más que una etiqueta de moda como antes lo fueron otras del tipo “fat free”, “light”, etc. Y los criterios de justicia y sostenibilidad no siempre son unívocos. Pero menos es nada. Personalmente desconocía la existencia (y el éxito) de estos establecimientos antes de llegar a las Twin Cities, donde funcionan aproximadamente diez co-ops que abastecen a un sinfín de clientes, entre ellos todos los alternativos, hipsters y neohippies de Minneapolis y St. Paul.

La calidad de los productos -rigurosamente etiquetados- es por lo general indiscutible, especialmente la de los frescos (frutas y verduras, carne y pescado, lácteos, etc). En la co-op de nuestro barrio, solo el acto de entrar por la puerta y respirar el aroma de las frutas y las verduras te retrotrae a muchas décadas atrás, cuando los supermercados olían a alimentos y no a horno industrial y a máquina plastificadora. Además de los vegetales, todos los cereales, las legumbres, los frutos secos, las especias, etc. se venden a granel. El cliente escribe a lápiz el código de estos productos en unas pegatinas y luego es el cajero el que pesa toda la mercancía. Por cierto, las bolsas –de cartón- son gratis pero por cada bolsa que no utilices te descuentan 10 centavos.

Los precios son más altos de lo normal, en mi opinión a veces demasiado altos, aunque no tanto para los estándares minnesotanos. ¿Cómo funcionan estas co-ops? No hace falta ser socio para comprar en ellas, pero la membresía ofrece ventajas a través de un sistema de cupones y descuentos. Cada miembro obtiene, además, un –pequeño- porcentaje de los beneficios anuales de la cooperativa, y adquiere otros derechos como parte de la sociedad (como participar en asambleas y votar a los directores), sociedad que además del incólume negocio alimentario de rigor suele tener otros cometidos relacionados con lo que se entiende aquí por servicios sociales.

¿Podrían funcionar estas cooperativas en España del mismo modo que han triunfado, por ejemplo, los espacios de “coworking”? Probablemente reinterpretadas, dada la complejidad de su gestión y la falta de tradición de este modelo en España (que en Estados Unidos existe desde los años 70). Pero todo podría indicar que sí. Es lógico pensar que la proliferación en Madrid y otras grandes ciudades de grupos de consumo responsable y autogestionado puede desembocar en la aparición de iniciativas colaborativas a mayor escala, más allá de los actuales colectivos vecinales. No sé, entre todas las opciones disponibles (el híper de marca blanca, el Ikea ese de la alimentación -Costco-, el engañabobos de las infames tiendas delicatesen, el sufrido bazar chinorris y el pequeño comercio con su letanía victimista), ¿no os gustaría poder hacer la compra en un supermercado decente que tuviera comida de verdad a precios razonables?

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