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Las reglas de Alemania

Vivir un tiempo en otro país, aunque solo sea un mes y medio, te obliga a familiarizarte con las ‘reglas’ del país en cuestión, las escritas y las no escritas. Un turista siempre podrá considerarlas exóticas, pero quien se instala por más tiempo está obligado a asimilarlas y a adaptarse a ellas. Y es inútil rebelarse, por incomprensibles que resulten algunas de ellas. Estas son algunas de las que recuerdo más llamativas de Berlín después de haber pasado allí, en un bonito ático en el agradable barrio de Moabit, seis semanas muy felices:

Peatones pacientes

La imagen de los peatones esperando a que un semáforo se ponga en verde para cruzar, aunque no haya coches ni se les espere, puede llevar a interpretaciones diversas. Personalmente aún no tengo claro si es que los alemanes son más civilizados que nosotros o si actúan así simplemente para evitar que les multen (sí, en Berlín cruzar andando un semáforo en rojo es objeto de multa). Por otro lado, el tiempo que los semáforos permanecen en verde es tan corto que muchas veces ni siquiera da tiempo a cruzar una calle. Al principio, el Ampelmann le parece muy gracioso a todo el mundo, pero puede acabar resultando de lo más antipático…

Ciclistas sobrios

Los ciclistas en Berlín también están sujetos a un estricto conjunto de normas. Además de las habituales, no pueden usar el móvil, no pueden ir por el carril-bici en sentido contrario al de los coches, no pueden circular por las aceras (ni siquiera si el empedrado de las calles está destrozado) y pueden ser sometidos a controles de alcoholemia, entre muchas otras. Lo sorprendente no es tanto que existan esas normas, muchas de las cuales son de sentido común, sino lo conscientes que son de ellas los de allí. Una vez más: ¿conciencia cívica o temor a las multas? El lado inequívocamente bueno es que la bicicleta es un medio de transporte muy apropiado para la ciudad (Berlín es muy extensa y apenas tiene cuestas), y el número de calles con carril-bici es aceptable tirando a alto. Además, al contrario que en Madrid, no hay restricciones de horario para meter tu bici en el metro o en el tranvía.

Bebidas autóctonas

La cerveza es omnipresente en Berlín, y no solo en los bares o en las casas, también en la calle, en los parques… y en el metro. Nada que objetar, aunque las botellas vacías rodando por el suelo de los vagones del metro pueden resultar tan incómodas como la presencia de los incontables borrachos que utilizan este medio de transporte. Sin embargo, los pasajeros conviven con unas y otros con una total, aunque respetuosa, indiferencia. El precio de cervezas y refrescos es muy asequible, y no solo en los supermercados sino también en bares, pubs y discotecas, donde no se suele pagar más de 2 euros por una Becks/Berliner o una Coca-Cola. Por cierto, en Berlín se beben mucho colas autóctonas (Africola, Fritzcola…) y está de moda una bebida carbonatada llamada Club Mate.

Pasajeros concienciados

La ausencia de tornos para entrar al metro es una de esas cosas que llevan al foráneo a pensar: es que los alemanes son tan civilizados que no los necesitan. En realidad lo que hay detrás es pura hipocresía, y aquí no concedo ni una mínima duda retórica. Si fuera como parece, una sociedad adulta y cívica, los responsables del metro no habrían tenido la necesidad de contratar a esos chulos de barrio, nunca identificables a primera vista como revisores, cuyo trabajo consiste en multar, sorprendiéndolos, a pasajeros sin billete -método que yo creía exclusivo de los países del Este-. En cambio, la oferta de transporte público (metro, tren ligero, tranvías, autobuses) es muy amplia, y la puntualidad es la norma. Los billetes sencillos son más caros que los de Madrid pero permiten hacer transbordos durante dos horas, aunque las bicis no van incluidas en el precio. Los abonos mensuales sí las incluyen, aunque también son algo más caros que en Madrid. Lo mejor: los viernes y los sábados los transportes públicos funcionan las 24 horas.

Convivencia pacífica

En los parques de Berlín (Tiergarten, Görlitzer Park, etc.) se asiste frecuentemente a escenas del tipo: a) pareja con niños haciendo un picnic junto a dos hombres (o dos mujeres, o un hombre y una mujer) que hacen el amor desnudos; b) mamás pijas paseando a sus bebés entre incontables grupos de camellos; c) oficinistas leyendo el periódico en un banco situado a dos metros de la barbacoa ilegal de una familia gitana… Frente al escándalo que supondrían estas escenas en cualquiera de nuestras ciudades, en Berlín se produce el milagro de la convivencia pacífica de gentes que parecen opuestas entre sí. No hay peligro y por tanto nunca hay policías. Pero no se produce ni el más mínimo contacto entre unos grupos y otros, eso tampoco.

Amigos precavidos

Los alemanes tienen seguros para todo. Incluso para cubrirse las espaldas si, por accidente, rompen una lámpara o una silla de plástico en casa de un amigo. Lo más curioso de todo es que el amigo tiene guardadas en un cajón todas las facturas (incluidas la de la lámpara y la de la silla de plástico).

Botellas recicladas

El reciclaje de botellas de plástico y de cristal es una costumbre muy extendida entre los ciudadanos. Cada botella reciclada en cualquier supermercado da derecho a recibir entre 15 y 20 céntimos (una vez más, la fama de civilizados de los alemanes resulta sospechosamente forzada). Pero la cara más amarga de este asunto son las papeleras: son incontables las personas que, a cualquier hora, buscan botellas en las papeleras como medio de subsistencia.

Camareros tranquilos

Una amiga mía dice que muchos cafés de Berlín siguen la ley del mínimo esfuerzo: eres tú quien tiene que ir a la barra, esperar tu turno, servirte la leche en el café y, antes de irte, depositar tu taza en la barra. Lo mismo ocurre en los Biergarten y…, sí, también en muchos restaurantes. Bueno, a mí no me importó demasiado. Lo que no comprendí tanto es que muchos camareros están convencidos de que tienen derecho a recibir propina a pesar de que no te hayan obsequiado con una sola sonrisa.

Cuentas separadas

Juntos o por separado: esa es la pregunta que siempre hacen cuando varias personas piden la cuenta. Tampoco me parece mal, si no fuera porque el trámite de pagar por separado puede alargarse demasiado en según qué ocasiones. Otro problema: pagar por separado obliga a dejar propina también por separado, y eso sí que resulta absurdo.

Colas inmensas

En Alemania se hace cola para todo. Qué bien, ¿no? Pues sí. Pero hay que reconocer que en general la gente que te atiende (camareros, dependientes, cajeros, etc.) tiene poca sangre en las venas, por decirlo educadamente. Son ceremoniosos con los clientes (o más bien, protocolarios) hasta en las fórmulas lingüísticas que utilizan y jamás atienden a dos personas a la vez por muy larga que sea la cola que se haya formado. Hay que armarse de paciencia.

Agenda apretada

No resulta nada fácil decidir a qué bar/pub/club ir un jueves, viernes o sábado por la noche. La inacabable agenda cultural se mezcla con otra igualmente inacabable de fiestas temáticas, noches especiales y djs invitados que convierte la decisión en un verdadero dilema. El problema añadido es que muchas de esas fiestas y noches especiales (semanales, mensuales, etc.) atraen a tanta gente que al final todo el mundo está allí… haciendo cola antes que tú. Capítulo aparte merecen algunos de los clubs más mitificados, que lo son precisamente porque es muy posible que después de haber hecho cola durante más de dos horas, en la puerta te digan que no puedes pasar porque no eres lo bastante cool. Ahora bien, hay cientos y cientos de alternativas, y no todas pasan por mezclarse entre los hipsters de Kreuzberg o los neohipsters de Prenzlauer Berg. Nunca hay excusas para quedarse en casa.

Descanso nocturno

Lo bueno de llegar a casa es que sabes que nadie te va a molestar a partir de la medianoche: ni el tráfico, ni los gritos de la gente, ni la música o la tele del vecino. El derecho de los vecinos a descansar está por encima de todo, y muchos barrios parecen fantasmagóricos por la noche (también por la escasa iluminación). De todas formas, los fines de semana se levanta un poco la mano, es decir que un día se puede hacer una fiesta y tampoco pasa nada… (al menos en Berlín ;-) )

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2 comentarios en “Las reglas de Alemania

  1. maria 24 septiembre, 2013 at 11:38 am

    Gran artículo sobre Berlín. Me quedo con dos cosas: bicis y ¿civismo? A lo mejor tenemos algo que aprender ;)

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  2. Marga Bacigalupe 24 septiembre, 2013 at 10:37 am

    Aunque mi estancia en Berlín fue solo de tres días, coincido en todo lo que dices. Gran entrada, ¡enhorabuena!

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